Colombia Indómita: crónica de un viaje al Pacífico

Empiezo este post con la premura de que todo el mundo conozca esta aventura exótica en la que me embarqué sorpresivamente pero al mismo tiempo, con un pequeño recelo de guardarme anécdotas tan exuberantes y mágicas para mí sola.

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Es que uno siente esa sensación de triunfo de pisar parajes tan lejanos (y muchas veces olvidados) en donde la originalidad y la unicidad cobran totales significados. El momento presente es todo en esta tierra de selvas volcánicas y playas salvajes. La majestuosidad de la naturaleza define el minuto a minuto: hay que observar las mareas, anticipar las lluvias torrenciales, mirar el cielo para saber si hay pesca y por supuesto, hacerse amigo de sus pobladores que con todo el instinto que les da el hecho de haber nacido allí, guían mejor que nadie los enigmáticos caminos de la zona. Pero también hay que dejarse llevar por el sentimiento propio… porque en este rincón del mundo, el asombro está a flor de piel.

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Para empezar les cuento que la propuesta me llegó a través de mi amiga alemana que, junto a su marido nacido en el Chocó, inauguró su start-up de viajes a la costa pacífica colombiana Cocoro Travel. El plan (que en los próximos días tendrá su segunda edición) incluyó 5 días de alojamiento y alimentación en El Valle, un corregimiento de Bahía Solano, así como excursiones por la selva, el río y el mar en pleno contacto no sólo con la magnífica naturaleza sino también con la gente y la cultura local.

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Día 1: Cóctel de recepción a la manera chocoana

No les voy a mentir: estuve muy pendiente (e hice muchas preguntas) del artefacto que me trasladaría del Aeropuerto Olaya Herrera en Medellín al Celestino Mutis en Bahía Solano. Para conocer Colombia muchas veces toca tomarse avioncitos, lanchitas, canoas y otros medios de transporte de dudoso aspecto. Afortunadamente en el check in me explicaron que si bien el avión era pequeño, era un jet rápido y en 35 minutos estaría en el destino. Y así fue. Media hora después atravesábamos las últimas montañas cubiertas de selva para llegar al espectacular Pacífico colombiano. 

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Del aeropuerto de Bahía Solano hay que recorrer 18 kilómetros en carrito o tuk-tuk una carretera en gran parte destapada (sin asfalto) para llegar a El Valle. Diez minutos a pie desde el centro de El Valle está la playa El Almejal, donde se ubican la mayor cantidad de hoteles y hostales de la zona. La playa mide 1 kilómetro de largo y está rodeada de cerros frondosos y atravesada por quebradas cristalinas que terminan en el mar.

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Apenas llegamos Manuela nos preguntó si queríamos descansar en nuestro hotel enfrente al mar o ir a caminar por la playa. La respuesta fue tan rápida como obvia y cinco minutos después estábamos tomando agua de coco y aprendiendo a abrirlos para comer la pulpa mientras contemplábamos el maravillosamente largo atardecer que ofrece estar tan al oeste del continente. Obviamente también nos bañamos en el mar que, al revés de lo que cree la mayoría, en esta época es calentito.

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A la noche visitamos por primera vez el pueblo, disfrutamos de un jugo de guanábana y cenamos pescados recién sacados del océano en leche de coco.

Día 2: Primera incursión de selva y río

Les aviso algo: en el Pacífico llueve y ni siquiera les puedo decir cuánto porque cuando uno escucha que el ruido torrencial no puede ser peor…es peor! En realidad es parte de la magia del lugar, sino no veríamos esos verdes intensos y tantos cursos de agua pura como hay. Por eso la mejor recomendación que les puedo dar es que lleven bastantes cambios de ropa e incluso un paraguas (para caminar en las noches hasta El Valle).

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Este segundo día salimos de excursión bien temprano bajo la lluvia, atravesamos la selva, vimos ranas, arañas, mil especies de árboles, de frutas y de pájaros y llegamos al Río Tundó, donde nos dimos un baño. Nos esperaba una canoa para regresar por los manglares bajo un radiante sol.

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Lo ideal para estas excursiones es llevar puesto el traje de baño y encima camiseta de mangas largas, pantalones largos y, preferiblemente, zapatos de trekking. El repelente y el protector solar (ojalá naturales u orgánicos para no contaminar) son infaltables, al igual que un sombrero y gafas de sol. Un tip extra es llevar sandalias (flip flops u ojotas) para caminar por las pedregosas playas del río.

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Al regresar de la excursión nos esperaba un delicioso almuerzo de sopa de verduras, camarones encocados y jugos de ahuyama y de corozo en el Restaurante Mariangel. Para recuperar energías nada mejor que una siesta en las hamacas del hotel con vista al mar. Nos esperaba una noche de baile en el pueblo, una experiencia que le recomiendo a todo el mundo, incluidos los colombianos. La gente del Pacífico baila como nadie.

Día 3 – Las ballenas, lo más esperado

El día amaneció nublado y según nuestro capitán el mar estaba perfecto para salir a buscar las ballenas. De esta experiencia solo puedo decir que todos deberían hacerla en algún momento de sus vidas. Las palabras y las fotografías se quedan cortas, y es mejor quedarse con los recuerdos de tanta energía en el corazón.

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Después de avistar las ballenas y miles de delfines que nos acompañaron, navegamos hasta el Parque Nacional Natural Utría. El paisaje es tan magnífico que parece sacado de Jurassic Park. En el Parque (cuya entrada cuesta COP $17.500 para colombianos o residentes y COP $47.500 para extranjeros) nos dieron una charla introductoria y nos llevaron a recorrer los manglares por una pasarela. Como la marea estaba baja pudimos ver varios animales, aunque el que se llevó todos los premios fue el perezoso.

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Mientras almorzábamos pasteles chocoanos (otra delicia local) y por supuesto agua de coco debajo de los árboles de la orilla, se largó otra vez la lluvia. Esto no les impidió a los nadadores hacer snorkel en la ensenada, donde hay un barco hundido que funciona de refugio para los peces. La vuelta a El Valle es bien movida (aunque con ballenas incluidas!) y no queda otra que confiar en las manos expertas de los capitanes del Pacífico.

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Ya en El Valle fuimos a conocer la tienda de Margarita, una simpatiquísima artesana local que atiende en su propia casa y ofrece desde collares hasta bandejas y platos hechos de maderas de la zona. Esa noche cenamos arepas caseras con queso costeño en lo de Esperanza e hicimos una parada en un puesto callejero para comer las típicas empanadas de atún desmechado.

El regreso al hotel fue por la playa bajo una hermosa luna buscando tortugas que lleguen a desovar. No vimos ninguna esa vez, pero la increíble fuerza del mar rompiendo contra los morros fue un espectáculo en sí mismo.

Día 4 – Playas vírgenes y cascadas

Estaba feliz porque esta excursión no incluía embarcaciones, “mis pies en tierra firme” dije, “la mejor forma de viajar”. Pero otra vez el Pacífico salvaje se guardaba sus máximas aventuras para esta caminata que implicó dos horas y media de lluvias intermitentes entre playas recónditas y complicados senderos en la selva.

Más allá de las inclemencias del tiempo, este fue uno de mis días favoritos porque apenas nos alejamos un poco de El Almejal, cuando las playas se vuelven laberintos de espuma y piedras y se convierten en bahías que rozan la selva, vi desde la orilla una ballena enseñándole a saltar a su ballenato. Si bien vimos varias ballenas durante la navegación del día anterior, esta fue la experiencia más fantástica. En pocos lugares en el mundo se las puede ver desde la playa y este es uno de ellos.

Seguimos viaje y tuvimos que atravesar una zona de rocas resbalosas sobre el mar y trepar por caminos selva adentro, que en sus cimas nos compensaban con espectaculares vistas hacia el océano. La lluvia pasó de intensa a fuerte y ni los zapatos más impermeables se salvaron. Para bajar hacia la playa virgen a la que íbamos tuvimos que deslizarnos sentados un par de veces. De repente la lluvia mermó y llegamos a la desembocadura de un arroyo. Caminamos por el arroyo hacia la selva y encontramos la cascada escondida en una imagen de cuentos: un jacuzzi natural de aguas cristalinas y refrescantes, premio de cualquier caminante aficionado.

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Salió el sol y aprovechamos para secar algunas cosas en los árboles, picar algo, recorrer los bucólicos paisajes que ofrece el mar furioso y alistarnos para regresar: si la marea subía teníamos que volver por los escarpados caminos de la selva. La marea subió, pero eso no fue problema, las vistas desde arriba hacia las rocas repletas de espuma y salitre fueron increíbles.

Ese día llovió toda la tarde y noche en El Valle, por lo que preferimos hacer un chocoteanner: Duver nos preparó el más exquisito chocolate en leche de coco que he probado (con ingredientes secretos) y lo servimos con arepas con queso, galletas, tortas y zapote (una fruta tropical). La mejor forma de pasar la última noche bajo la inolvidable lluvia chocoana.

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Día 5 – El regreso (no deseado)

Para aprovechar las últimas horas en este paraíso me levanté 6 am, un sol deslumbrante ayudó a secar la mayoría de la ropa mojada (nunca los zapatos) antes de empacar. Aprovechamos la playa hasta el mediodía, algunos viajeros tomaron clases de surf y otros solamente el sol. Todavía estaba en mí esa sensación de fantasía del chocolate tropical de la noche anterior.

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Me subí a la avioneta de regreso a Medellín con las marcas del Pacífico en mi muñeca (una pulsera artesanal), en mi talón izquierdo (un tatuaje embera) y en mi corazón (la gente, la selva y las ballenas).

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Hasta acá llega mi crónica pero como pasa con toda Colombia, esta región tiene mucho más para ofrecer de lo que menciono en el corto espacio de este post. Creo que este es un viaje para quienes disfrutan la sencillez y lo rústico, el contacto con la naturaleza y con las experiencias locales, el turismo ecológico y sustentable y las aventuras de diversos niveles de dificultad.

Si bien todos podemos organizarnos nuestros propios vajes, las ventajas de hacerlo con Cocoro Travel son muchas:

  • No tienen que preocuparse por buscar tiquetes (pasajes) ni comparar hoteles, Manuela y Duver tiene las mejores opciones probadas por ellos mismos y a un precio muy competitivo. Además los gastos que no están incluidos en el paquete son mínimos por lo que no necesitan llevar mucho dinero extra.
  • Duver (que además es guía local) y Manuela conocen toda la región y además de mostrarte los mejores spots te hacen probar todas las delicias de esta tierra en un ambiente cálido y familiar.
  • El viaje es muy personalizado, grupos pequeños y nada de planes rígidos
  • Y para mí el mayor valor agregado al viajar por Colombia: la conexión con la población local. Todo el viaje está pensado para que con tu visita aportes a los emprendimientos de la comunidad. Falta mucho para que eso funcione de manera ideal, pero esta es sin duda una apuesta tangible.

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Espero que se animen a visitar esta región increíble. Si tienen dudas o quieren más información pueden escribirme que con gusto los ayudo.

Hasta la próxima!

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